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¿Cómo sentir la oración si el texto es siempre el mismo?

El texto fijo de la Tefilá es como un vagón de tren: no cambia, pero los paisajes sí. La clave es unir las palabras con lo que realmente te pasa cada día.

· 3 min de lectura

Rav Yaakov B. Friedman | BaKehilá

¿Qué tiene que ver un viaje en tren con la Tefilá?

Hace años tuve la oportunidad de viajar durante ocho horas desde la ciudad de Bergen, en Noruega, hasta la capital, Oslo. Ese viaje es uno de los trayectos más asombrosos que se puedan describir. Es como abrir un álbum de fotos de ensueño. Cada curva del tren, cada subida o bajada, traían consigo vivencias de otro mundo de encanto. Ríos serpenteando dentro de bosques gigantescos, cumbres nevadas y corrientes infinitas de cascadas.

Y sin embargo, la persona está sentada ocho horas seguidas, agotadoras, en el mismo vagón, del mismo tren. El mismo traqueteo monótono, la misma silla y el mismo vecino que te mira fijo. Se puede ver ese viaje como una condena tediosa… pero con una mirada más correcta, se puede convertir el vagón mismo en una ventana espléndida hacia toda la gama de matices de la vida, sus paisajes y sus colores.

[…]

¿Por qué cuesta tanto conectarse con el texto fijo?

La dificultad más conocida a la hora de conectarse con la Tefilá es el texto fijo. El texto que no cambia. ¿Cómo puede una persona sentir “vitalidad” en “Reé na be’onienu”, que se dice tres veces al día, 1.260 veces al año?

“Reé na be’onienu” es el “tren”. En apariencia, el mismo vagón, el mismo asiento. El mismo “Rivá rivenu” y el mismo “Ki K-el goel jazak Ata”. Día tras día, año tras año. La diferencia está, por supuesto, en la pregunta de si estás sentado en el vagón de la Tefilá murmurando, o si conviertes la Tefilá en un instrumento para expresar a través de ella tus dificultades y tus vivencias cotidianas.

¡Ver, a través de la Tefilá, los paisajes de tu vida y de tus sentimientos!

¿Cómo se convierte la Tefilá en una vivencia?

El camino para sentir vivencia y cercanía en la Tefilá es más fácil de lo que pensamos. ¿Cómo se vivencia? Uniendo las palabras de la Tefilá con las experiencias buenas o malas que nos atraviesan cada día. Cuando un joven se derrama en “Reé na be’onienu”, y mientras tanto piensa en las dificultades que soportó esa misma mañana cuando el mashguíaj lo avergonzó delante de todos los muchachos; y en la ofensa que cayó sobre él en la javurá por su ignorancia en el tema de “nueve tiendas”, y la ofensa arde y el dolor amarga; y cuando une ese dolor con las palabras de la Tefilá, entonces puede convertir esas palabras en un viaje de conversación conmovedora entre él y su Creador.

…Y cuando llega en la Tefilá a “contaremos Tu alabanza sobre nuestras vidas entregadas en Tus manos… y sobre Tus bondades de todo momento”, y se recuerda a sí mismo que ese día fue aceptado en la yeshivá que su alma anhelaba, y ese recuerdo feliz, todavía grabado en sus huesos, le eleva el alma, entonces vierte esa alegría dentro de las palabras de la Tefilá.

¿Rezar es hablar o recitar?

La Tefilá es una conversación (“y salió Itzjak a conversar”), y es una unión (“luchas de Di-s”). Quien aprovecha las palabras de la Shemoná Esré para conversar con Hashem sobre los acontecimientos pequeños y grandes que vive, crea la unión más maravillosa. Nunca “cites” las palabras de la Tefilá. Tienes que aprender a soplar en ellas un aliento de vida.

…Cuando la Tefilá es tuya, tallada desde tu alma, podrás repetirla una y otra vez con una vitalidad que se intensifica. Y aunque el vagón sea el mismo vagón, y el asiento el mismo asiento, ¡los paisajes irán cambiando! Cuando la Tefilá es solamente una cita de los Hombres de la Gran Asamblea, tu personalidad se queda afuera, y pasas de ser alguien que reza a ser alguien que murmura.

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